Autores
Alejandro Barrón Balderas
Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara, Jalisco México
Hospital Civil de Guadalajara “Dr. Juan I. Menchaca”, Jalisco, México
Contacto: alejandro.barron9295@academicos.udg.mx
Alejandra Gerardo Kautzman
Instituto de Estudios Superiores de América del Norte, Escuela Primaria Mariano Azuela, Tlaquepaque, Jalisco, México
Cuando pensamos en leer, lo primero que se nos viene a la mente son las tareas de la escuela: esos libros que hay que terminar o los apuntes que debemos memorizar. Pero, ¿y si la lectura es en realidad uno de los procesos cognitivos más sofisticados y transformadores de la humanidad? No es solo decodificar letras; es un proceso que, según la evidencia neurocientífica, literalmente reconfigura la arquitectura de nuestro cerebro y redefine nuestra forma de comprender el mundo.
La ciencia ha demostrado que leer no es un instinto, como respirar o caminar. No nacemos con circuitos cerebrales predeterminados para la lectura; es una habilidad que la humanidad inventó y que cada cerebro debe aprender, recreando en años un proceso que a nuestra especie le llevó milenios desarrollar [1,2]. Este logro es el sustento de nuestro pensamiento crítico, imaginación y capacidad de entender ideas complejas.
Sin embargo, hoy enfrentamos una paradoja alarmante: en nuestra época, dominada por pantallas, esta capacidad se encuentra en riesgo. Nuestros nuevos hábitos de lectura rápida y fragmentada amenazan la concentración sostenida, la reflexión profunda y la comprensión genuina [3].
El cerebro y la lectura: una hazaña de la neuroplasticidad
Una de las ideas más reveladoras de la neurociencia contemporánea es que nuestro cerebro no está «programado de fábrica» para leer. Al nacer, sus circuitos están dedicados a funciones esenciales para la supervivencia: reconocer rostros, agarrar objetos o balbucear sonidos. La lectura es, en cambio, un acto cultural que se volvió biológicamente posible gracias a la plasticidad cerebral.
Hace miles de años, cuando las civilizaciones como la egipcia y la sumeria crearon los primeros sistemas de escritura, el cerebro inició un proceso de adaptación sin precedentes. Realizó una hazaña de reciclaje neuronal: tomó regiones especializadas en el reconocimiento visual de objetos (como una rama o una huella) y las reconvirtió para identificar símbolos abstractos. Simultáneamente, integró estas áreas con los circuitos del lenguaje hablado [1].

Poco a poco, a lo largo de generaciones, nuestro propio cerebro se cableó a sí mismo para lograr una proeza única: transformar marcas en un soporte en sonidos, ideas, emociones e imágenes mentales complejas.
Esto significa que cada vez que leemos, no solo pasamos los ojos por la página. Activamos una red neuronal sofisticada, fruto de un proceso histórico colectivo. Leer es, en esencia, hacer que nuestro cerebro ejecute una coreografía de conexiones que demuestra que no somos solo biología; nuestra cultura y lo que decidimos aprender esculpen activamente nuestra mente.
Lectura superficial y el impacto de las pantallas
Aquí es donde el análisis se vuelve urgente. Hoy leemos más que nunca en la historia de la humanidad, pero de una manera radicalmente diferente: a través de pantallas. Y el problema no es el dispositivo en sí, sino lo que este hábito está moldeando en nuestra atención y en nuestra arquitectura cognitiva.
Cuando leemos en un celular o computadora, rara vez lo hacemos de forma lineal. Lo hacemos en modo «salto o escaneo«: un vistazo a un mensaje, un desplazamiento rápido por una red social, un clic en un enlace. Nuestra mente se acostumbra a este bombardeo rápido y fragmentado de información. Se vuelve experta en el procesamiento superficial, pero pierde entrenamiento en lo más valioso: la concentración profunda [3].
La lectura profunda no es un lujo, es una necesidad cognitiva. Es el estado de inmersión en el que seguimos un argumento complejo, conectamos ideas, nos damos tiempo para cuestionar y reflexionar. Es la que nos permite entender un tema académico difícil, analizar una noticia con sentido crítico o conectar emocionalmente con la historia de un personaje. La lectura digital superficial, en cambio, nos entrena para lo contrario: para la distracción, la inmediatez y el pensamiento fragmentado. El riesgo, como advierte la literatura especializada, es que estamos debilitando un «músculo mental» fundamental para el aprendizaje serio y la empatía, incrementando nuestra vulnerabilidad ante la desinformación [1,2].

El impacto de la lectura en el desarrollo emocional y cognitivo
La investigación neurocognitiva va más allá del aprendizaje escolar: sugiere que la lectura profunda nos hace mejores personas. Cuando nos sumergimos en una gran novela, ya sea de ciencia ficción, thriller histórico o aventura, no solo seguimos una trama. Estamos ejercitando la empatía narrativa. Nos ponemos en los zapatos de personajes que enfrentan dilemas universales —el bien y el mal, la justicia, la lealtad—, sin importar que su contexto sea una galaxia lejana o un secreto ancestral.
Este «gimnasio emocional» es único de la narrativa profunda. A través del viaje de un personaje, aprendemos a ver el mundo desde perspectivas ajenas, a entender matices morales complejos y a conectar con experiencias humanas fundamentales. Este proceso es antagónico al consumo pasivo y fragmentado de las redes sociales. Por eso, al perder el hábito de la inmersión lectora, no solo perdemos capacidad de análisis; también erosionamos una herramienta clave para la comprensión y la tolerancia social. Una sociedad que no practica esta empatía narrativa puede volverse más intolerante, al debilitar la capacidad de imaginar con riqueza la vida en la piel del otro.
La dislexia y la importancia de la inclusión educativa desde la neurodiversidad
La neurociencia contemporánea explica que la dislexia no es una enfermedad ni una falta de inteligencia. Es, fundamentalmente, una diferencia en la organización cerebral para procesar el lenguaje. Mientras la mayoría tiene un «cableado» eficiente para decodificar letras de forma rápida y automática, el cerebro disléxico utiliza rutas alternativas, que con frecuencia se asocian a fortalezas extraordinarias en pensamiento creativo, razonamiento espacial y visión de conjunto [1].
El problema, como señalan los expertos, es que nuestros sistemas escolares están diseñados a la medida del cerebro del «lector típico«. A los niños con dislexia, en lugar de reconocer y potenciar su forma diferente de pensar, con demasiada frecuencia se les etiqueta erróneamente como «flojos» o «lentos«, dañando su autoestima y generando aversión al aprendizaje. Esto constituye una falla grave del sistema, no del estudiante. Una educación verdaderamente inclusiva no debería forzar a todos a aprender de la misma manera, sino descubrir y potenciar la forma única en que cada cerebro aprende. Incluir la neurodiversidad no es un gasto, es una inversión estratégica en el talento y la creatividad que nuestra sociedad necesita.
Conclusiones
Las advertencias de la neurociencia no son nuevas. El mensaje central de investigadores como Maryanne Wolf coincide plenamente con las preocupaciones que expertos de todo el mundo expresaban ya en análisis previos (El País, 2015). La verdadera tragedia, que esta evidencia acumulada deja ver, es que somos conscientes del problema mientras participamos en él. La pregunta «¿Recuerdas cuando leíamos de corrido?» es, una década después, más urgente que nunca.
Por ello, la clave está en un equilibrio activo y consciente. Como sociedad y como individuos —especialmente como futuros profesionales de la salud y agentes educativos— debemos:
- Proteger tiempos de «desconexión digital» para la lectura profunda, creando espacios libres de las interrupciones de las pantallas.
- Repensar la educación para que enseñe no solo a decodificar textos, sino estrategias específicas de lectura profunda aplicables en todos los soportes.
- Ejercer soberanía cognitiva sobre la tecnología, entendiendo que cada plataforma entrena un tipo de mente, y eligiendo deliberadamente cómo y cuándo usarlas.
Al final, la pregunta crucial que nos deja este viaje desde el cerebro antiguo hasta la pantalla moderna no es solo «¿Qué tipo de mente queremos tener?», sino «¿Estamos dispuestos a hacer el esfuerzo consciente para construirla?». Nuestro cerebro, plástico y esperanzador, aguarda nuestra decisión.
Referencias
[1] Wolf M. Reader, come home: the reading brain in a digital world. New York: Harper; 2018.
[2] Cañada G. Cómo leer transforma el cerebro y los riesgos que pueden surgir debido al exceso de pantallas [Internet]. BBC News Mundo; 2025 jul 26 [citado 2026 ene 4]. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=jaTb1R1yQzQ
[3] El País. ¿Recuerdas cuando leíamos de corrido? Los científicos advierten de los efectos de la exposición a Internet y a las pantallas en la lectura profunda [Internet]. Madrid: El País; 2015 may 6 [citado 2026 ene 4]. Disponible en: https://elpais.com/politica/2015/05/06/actualidad/1430927826_380794.html



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