Autores
Alejandro Barrón Balderas
Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS), Universidad de Guadalajara (UdeG), Jalisco, México
Hospital Civil de Guadalajara “Dr. Juan I. Menchaca”, Jalisco, México
Contacto: alejandro.barron9295@academicos.udg.mx
Verónica Montserrat Chávez Legaspi
Médico pasante, CUCS, UdeG, Jalisco, México
Karla Ivana Solano González
Médico egresado, CUCS, UdeG, Jalisco, México
En la actualidad, contamos con tecnología de punta para diagnosticar enfermedades: desde estudios genéticos hasta resonancias magnéticas. Sin embargo, hay una herramienta que ha acompañado a la medicina desde sus orígenes y que nunca ha perdido vigencia: la observación. Hipócrates, considerado el padre de la medicina, enseñaba ya en el siglo V a.C. un método basado en ver, interrogar y examinar al paciente. Esa misma mirada clínica, entrenada para identificar rasgos característicos de una enfermedad, puede aplicarse también frente a una obra pictórica.
Lo fascinante es que muchas enfermedades que hoy conocemos con nombre propio aparecen representadas en pinturas mucho antes de que alguien las describiera en un tratado médico. Esto no solo nos habla de la agudeza de los artistas para capturar la realidad, sino también de la permanencia de ciertas patologías a lo largo de la historia. En este artículo recorreremos cinco obras maestras desde la perspectiva de un ojo clínico. Veremos cómo el cretinismo se esconde en el retrato de un niño de la corte española, cómo la sífilis congénita asoma en las figuras de Goya, cómo una deformidad facial puede ser clave para diagnosticar la enfermedad de Paget y cómo la tiña capitis fue retratada por Murillo en una escena de caridad [1].
El niño de Vallecas (Diego Velázquez, 1635-1645): Cretinismo en la corte
En el Museo Nacional del Prado se conserva uno de los retratos más conmovedores de Diego Velázquez: El niño de Vallecas. Formalmente conocido como El príncipe Baltasar Carlos con un enano, la obra muestra a un niño con rasgos faciales característicos: frente amplia, ojos separados, nariz pequeña y hundida, labios gruesos y una expresión que sugiere retraso en el desarrollo.
Para un ojo clínico entrenado, estos rasgos evocan de inmediato el diagnóstico de cretinismo, una forma grave de hipotiroidismo congénito que, cuando no se trata, produce retraso mental y alteraciones en el crecimiento. En la época de Velázquez, los enanos de corte eran una presencia habitual en las cortes europeas, donde servían como bufones o acompañantes. No se sabía entonces que su condición tenía una causa endocrinológica: la falta de hormonas tiroideas [2,3].
El cretinismo fue descrito formalmente en la literatura médica hasta el siglo XIX, cuando médicos como el suizo Jean-François Coindet comenzaron a relacionar el bocio endémico con el retraso mental en las regiones alpinas. Sin embargo, Velázquez ya había plasmado con precisión quirúrgica sus rasgos más de doscientos años antes [1,3].
El Tiempo y las viejas (Francisco de Goya, 1810-1812): Las huellas de la sífilis congénita
Francisco de Goya, maestro del retrato y de la crítica social, pintó entre 1810 y 1812 Las viejas (también conocida como El Tiempo), una obra que hoy se exhibe en el Palais des Beaux-Arts de Lille. En ella, dos mujeres ancianas aparecen representadas con rasgos que, para el ojo clínico, resultan inconfundibles: la nariz en silla de montar (con hundimiento del puente nasal), la frente prominente, los pliegues periorales y una apariencia general que sugiere las secuelas de una infección crónica.
Estos hallazgos son característicos de la sífilis congénita, la forma de la enfermedad que se transmite de madre a hijo durante el embarazo. Los niños que sobreviven a la infección desarrollan, con el tiempo, deformidades óseas características que incluyen la nariz en silla de montar, los dientes de Hutchinson (incisivos superiores con muescas) y alteraciones en los huesos de la cara.
La sífilis llegó a Europa desde América a finales del siglo XV y se convirtió en una epidemia que afectó a todas las clases sociales. Sin embargo, no fue hasta 1905 que se identificó su agente causal (Treponema pallidum) y hasta mediados del siglo XX que se dispuso de tratamiento efectivo con penicilina. Goya, sin saberlo, dejó testimonio de sus devastadoras secuelas [1,3].

La duquesa fea (Quentin Matsys, 1513): Enfermedad de Paget en el Renacimiento
Quentin Matsys, pintor flamenco del Renacimiento, creó en 1513 una de las obras más inquietantes de la historia del arte: Una mujer vieja y grotesca, más conocida como La duquesa fea. La obra, que hoy se exhibe en la National Gallery de Londres, muestra a una mujer anciana con deformidades faciales extremas: frente abombada, nariz ancha, pómulos prominentes, labios gruesos y una expresión que combina lo grotesco con lo patético.
¿Qué vemos cuando miramos esta obra con ojos de médico? Los rasgos descritos son altamente sugestivos de la enfermedad de Paget, también conocida como osteítis deformante. Se trata de un trastorno crónico en el que el remodelado óseo se acelera de manera desordenada, provocando un engrosamiento y deformación de los huesos, especialmente del cráneo, la columna y los huesos largos.
La enfermedad de Paget fue descrita por el cirujano inglés Sir James Paget en 1877, más de 350 años después de que Matsys pintara su Duquesa fea. Es probable que el artista se haya inspirado en una modelo real con esta condición, o quizá en una escultura romana que a su vez representaba a alguien con la enfermedad. En cualquier caso, la obra constituye un documento clínico anticipado a la medicina [1,3].
Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos (Bartolomé Esteban Murillo, 1672): una infección milenaria
En el Hospital de la Caridad de Sevilla, en la Iglesia de San Jorge, se encuentra una de las obras más conmovedoras de Bartolomé Esteban Murillo: Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos. La escena muestra a la santa, rodeada de niños enfermos, atendiendo a aquellos que padecen una afección visible en el cuero cabelludo: zonas de alopecia, placas escamosas y costras.
Para el médico moderno, la imagen evoca de inmediato la tiña capitis, una infección fúngica del cuero cabelludo causada por hongos del género Microsporum o Trichophyton. Es una enfermedad común en niños, especialmente en condiciones de hacinamiento y mala higiene, que se transmite por contacto directo o a través de peines, gorras y otros objetos contaminados.
En la época de Murillo, la tiña era conocida como «porrigo» o «tinea», pero no se conocía su causa fúngica (identificada hasta el siglo XIX) ni se disponía de tratamientos efectivos más allá de remedios empíricos. La obra de Murillo no solo documenta la enfermedad, sino que la sitúa en un contexto de caridad y misericordia, recordándonos que el arte puede ser también un registro de las prácticas asistenciales de su tiempo [1].

Más allá de la anécdota: ¿Qué nos enseña esto como personal de salud?
Recorrer un museo con ojos de médico puede ser un ejercicio de entrenamiento diagnóstico. La misma habilidad de observar detalles, identificar patrones y reconocer lo anómalo es la que aplicamos cada día en la consulta.
Pero hay algo más profundo: estas pinturas nos recuerdan que las enfermedades no son entidades abstractas que aparecieron con los libros de texto, sino realidades humanas que han acompañado a las personas a lo largo de la historia. Ver las secuelas de la sífilis en Goya o el cretinismo en Velázquez nos conecta con la experiencia humana del padecimiento de una manera que ningún estudio genético puede hacer.
Además, el análisis clínico del arte puede ser una herramienta pedagógica valiosa. Estudiar estas obras agudiza la percepción, entrena la mirada y nos hace mejores observadores. Y en medicina, una buena observación sigue siendo el primer paso para un buen diagnóstico.
Es importante señalar que, si bien es fascinante realizar diagnósticos retrospectivos en obras de arte, estos ejercicios tienen limitaciones. No contamos con la historia clínica de los pacientes, ni con estudios complementarios, ni con la posibilidad de confirmar nuestras impresiones. Además, los artistas no siempre buscaban el realismo absoluto; en muchas ocasiones estilizaban o idealizaban sus figuras.
Sin embargo, cuando hablamos de artistas como Velázquez, Goya o Murillo, que trabajaban con modelos reales, es razonable suponer que los rasgos que observamos reflejan características genuinas de sus modelos.
¿Cuántas obras más en museos del mundo contienen evidencia de enfermedades que aún no hemos identificado? ¿Qué podemos aprender de la representación histórica de ciertas patologías sobre su evolución a lo largo del tiempo? Invitamos al lector interesado a visitar un museo con ojos de clínico. Seguramente encontrará sorpresas.
Conclusiones
El mito de que la medicina moderna ha dejado atrás la observación es falso. La inspección sigue siendo, y seguirá siendo, un pilar fundamental del diagnóstico clínico. Y el arte, afortunadamente, nos ofrece un campo de entrenamiento inagotable. Gracias al acervo pictórico y a un ojo clínico entrenado, es posible reconocer enfermedades no solo en los pasillos de un hospital, sino también entre las salas de un museo. El estudio de las pinturas puede ayudar a agudizar la percepción clínica, al mismo tiempo que se disfruta de una gran obra de arte. Muchos otros cuadros, además de los aquí descritos, tienen el potencial de ser observados como evidencias históricas de las enfermedades. Ir a buscarlos en los pasillos de los museos es tarea del lector interesado.
Referencias
[1] Zamudio-Martínez G, Zamudio-Martínez A. Diagnósticos clínicos al observar obras pictóricas. Rev Med Inst Mex Seguro Soc. 2019;57(2):113-7.
[2] Martínez-Lage JF, Piqueras C, Pérez-Espejo MA. The human body though El Greco’s eyes. Childs Nerv Syst. 2014;30(9):1471-4.
[3] Emery AEH. Genetic disorders in portraits. Am J Med Genet. 1996;66(3):333-9.



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