Autores
Liliana Prado Gutiérrez
Estudiante de la Licenciatura en Nutrición, Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS), Universidad de Guadalajara (UdeG)
Juan Carlos López Barajas
Doctorado en Ciencias de la Educación, CUCS, UdeG
Contacto: juan.labarajas@academicos.udg.mx
¿Aprendemos todos de la misma manera? Una mirada desde el aula
Basta con observar cualquier salón de clases para notar que los estudiantes no aprenden igual. Algunos parecen captar la información con solo ver un esquema; otros necesitan escuchar varias veces una explicación, y hay quienes comprenden realmente hasta que realizan la actividad por sí mismos. Esta diversidad ha sido motivo de reflexión en la educación y ha dado lugar al concepto de estilos de aprendizaje [1].
Aunque en años recientes este enfoque ha sido cuestionado cuando se aplica de forma rígida, sigue siendo útil para entender que el aprendizaje es un proceso personal, influido por la percepción, la experiencia y el contexto en el que ocurre [2,3].
Diferentes formas de aprender
El aprendizaje no es un camino único ni lineal. Cada estudiante procesa la información de manera distinta, de acuerdo con sus características individuales. Una de las propuestas más difundidas para explicar estas diferencias es el modelo VAK, el cual describe tres formas predominantes de aprendizaje [1,2]. El estilo visual se relaciona con la comprensión a través de imágenes, gráficos y esquemas; el auditivo, con la escucha y la explicación verbal; y el kinestésico, con la acción, el movimiento y la experiencia directa.
Es importante señalar que estos estilos no funcionan como categorías cerradas, sino como preferencias que pueden combinarse y modificarse según el contexto de aprendizaje [3].

¿Cómo aprenden los estudiantes?
Con el objetivo de conocer las preferencias de aprendizaje en estudiantes de una institución educativa privada, se realizó un estudio en el que participaron alumnos de distintos semestres. A través de un cuestionario, se identificaron los estilos predominantes en el grupo [1].
Los resultados mostraron que una proporción importante de los estudiantes presentaba un estilo de aprendizaje kinestésico, seguido del visual y, en menor medida, del auditivo. Este hallazgo coincide con investigaciones recientes que señalan que los estudiantes universitarios suelen beneficiarse más de experiencias activas y participativas [4,5].

Aprender haciendo: un reto para la enseñanza
El predominio del aprendizaje kinestésico plantea un reto para los modelos tradicionales de enseñanza, centrados principalmente en la exposición oral y la memorización. Diversos autores han señalado que metodologías activas —como el aprendizaje basado en proyectos, las simulaciones y el trabajo colaborativo— favorecen una comprensión más profunda y significativa del conocimiento [4].
Reconocer estas preferencias no implica encasillar a los estudiantes, sino ampliar las estrategias didácticas, de modo que el aula se convierta en un espacio más dinámico, inclusivo y acorde a las necesidades actuales de la educación superior [5].
Implicaciones prácticas y proyección futura
Los hallazgos de este estudio no solo describen una realidad cognitiva, sino que trazan una hoja de ruta concreta para la innovación educativa en el ámbito de la salud. Reconocer que casi la mitad de los estudiantes de nutrición prefieren un canal kinestésico invita a transformar las aulas en laboratorios vivos donde la teoría se materialice a través de la práctica. Esto implica, por ejemplo, diseñar talleres de evaluación nutricional con pacientes simulados, prácticas de elaboración de dietas en entornos reales o el uso de tecnologías inmersivas (como realidad virtual) para experimentar con intervenciones comunitarias. Además, el componente visual, segundo en preferencia, sugiere complementar estas actividades con infografías interactivas, mapas metabólicos animados y portafolios digitales que documenten el proceso de aprendizaje.
Para los docentes, estos resultados refuerzan la necesidad de una formación didáctica continua que vaya más allá de la actualización disciplinar. Sería recomendable implementar programas de mentoría entre profesores para compartir estrategias activas, así como la creación de bancos de recursos didácticos multicanales (vídeos, podcasts, guías prácticas) que puedan adaptarse a diferentes estilos. A largo plazo, esta perspectiva podría extenderse a otras licenciaturas del área de la salud, promoviendo una cultura institucional que valore la diversidad cognitiva como un motor para la excelencia educativa y una atención sanitaria más empática y efectiva.
La educación del futuro en ciencias de la salud no debe preguntarse si debe integrar múltiples canales, sino cómo hacerlo de manera sistemática y evaluable, siempre con el estudiante —y su forma única de aprender— en el centro del proceso.
Conclusiones
Entender que no todos los estudiantes aprenden de la misma forma permite repensar la práctica docente. Los estilos de aprendizaje, más que una fórmula, pueden servir como una herramienta para reflexionar sobre cómo enseñar mejor y cómo responder a la diversidad presente en el aula [3].
Al final, el objetivo es claro: favorecer un aprendizaje significativo, donde los estudiantes no solo reciban información, sino que puedan comprenderla, aplicarla y relacionarla con su experiencia académica y personal [2,4].
Referencias
[1] Fleming N. VAK and beyond: Rethinking sensory preferences in modern classrooms. Educ Rev. 2021;12(3):301-15.
[2] Immordino-Yang M, Gotlieb R. Learning, emotion, and the brain. Cambridge: Harvard Educational Press; 2020.
[3] Kirschner P. Why learning styles don’t work and what to do instead. J Cogn Educ. 2022;18(1):34-50.
[4] Mayer R. The science of learning: Updated review. J Appl Cogn Psychol. 2023;37(4):512-28.
[5] Redding L. Active learning and engagement in higher education. Oxford: Higher Learning Research Council; 2021.



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