Autores
Alejandro Barrón Balderas
Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS), Universidad de Guadalajara (UdeG), Jalisco, México
Hospital Civil de Guadalajara “Dr. Juan I. Menchaca”, Jalisco, México
Contacto: alejandro.barron9295@academicos.udg.mx
Verónica Montserrat Chávez Legaspi
Pasante de la Licenciatura en Médico Cirujano y Partero, CUCS, UdeG, Jalisco, México
Mireya Robledo Aceves
Hospital Civil de Guadalajara “Dr. Juan I. Menchaca”, Jalisco, México
Aplicar alcohol en la piel de un bebé con fiebre es un error común. La idea es que, al evaporarse, le quite el calor. Sin embargo, en un bebé, el alcohol no solo se evapora; su cuerpo lo absorbe como si lo estuviera bebiendo. Los bebés tienen la piel mucho más delgada y una superficie corporal grande en relación a su peso, por lo que el alcohol pasa muy fácilmente a su torrente sanguíneo. Además, su hígado, que es el órgano que debe procesar y eliminar el alcohol, es todavía inmaduro. Esto hace que el riesgo de una intoxicación sea alto y rápido [1].
¿Qué le pasa al cuerpo del bebé?
Cuando se aplica alcohol en la piel del bebé, su cuerpo inicia un proceso peligroso en tres fases. Primero, la piel lo absorbe: el alcohol para fricciones o el alcohol común atraviesan fácilmente la piel sana del bebé. Si el niño tiene fiebre, la situación empeora porque su piel está más caliente y con mayor riego sanguíneo, lo que acelera esta absorción, especialmente si se aplica en una zona amplia como el pecho o la espalda. Luego, el hígado se bloquea y baja el azúcar: al detectar el alcohol en la sangre, el hígado del bebé trabaja a máxima capacidad para eliminarlo. Este sobreesfuerzo no solo consume sus reservas energéticas, sino que paraliza la producción de nueva azúcar (glucosa), el combustible principal del cerebro, resultando en una bajada brusca y peligrosa de azúcar en la sangre, conocida como hipoglucemia. Finalmente, el cerebro se deprime: el alcohol es una sustancia que deprime el sistema nervioso central. En un cerebro tan pequeño y en desarrollo, este efecto es muy potente. El bebé puede pasar de la irritabilidad a un estado de extremado sopor, mostrándose excesivamente dormido, flácido, con gran dificultad para despertar y para respirar con normalidad. En los casos más graves de intoxicación, puede sufrir convulsiones o caer en coma [2,3].

Señales de alarma: No es solo «que duerme mucho»
Es fácil confundir los primeros síntomas con el cansancio propio de la fiebre, lo que puede retrasar la búsqueda de ayuda. Por eso es crucial actuar de inmediato si se usó alcohol y el bebé presenta alguno de estos signos: puede ponerse muy pachucho, mostrándose inusualmente dormido, con gran dificultad para despertar, extremadamente flojito o con un llanto muy débil; también puede presentar sudoración fría, temblores finos o palidez; y en ocasiones es posible percibir olor a alcohol en su aliento o en su piel, incluso varias horas después de la aplicación. En el hospital, el diagnóstico es rápido y se realiza con un simple pinchazo en el dedo para medir el azúcar en la sangre. Un nivel marcadamente bajo confirma la emergencia y la necesidad de tratamiento urgente [1,2,3].
¿Cómo se trata?
El tratamiento en el hospital se centra primero en elevar los niveles de azúcar en sangre de manera urgente, lo que generalmente se logra administrando ssolucion glucosada directamente en la vena. Paralelamente, se vigila muy de cerca la respiración del bebé y todos sus signos vitales, manteniéndolo en observación durante un tiempo prolongado, ya que la peligrosa bajada de azúcar puede repetirse.
La mejor medicina, es la prevención. La solución definitiva es no usar nunca alcohol sobre la piel de un bebé. Para bajar la fiebre de forma segura y efectiva, se deben seguir medidas aprobadas: usar medicamentos como paracetamol o ibuprofeno, pero siempre en la dosis exacta recomendada por el pediatra y calculada según el peso específico del niño; aplicar métodos físicos suaves, como pasar una toallita o esponja con agua tibia (nunca fría) por la frente, nuca, brazos y piernas, además de vestirlo con ropa ligera y mantener la habitación fresca; y ofrecer líquidos con frecuencia, ya sea leche materna, fórmula o agua, según su edad, para asegurar una buena hidratación y evitar complicaciones [1,2,3].

Hablar claro con las familias
Para cambiar esta tradición, el mensaje de los profesionales de la salud debe ser firme y claro: «El alcohol no se pone en la piel del bebé.» Hay que explicar de manera sencilla: «Su piel lo absorbe, le baja el azúcar en la sangre y le apaga el cerebro».
Es crucial ofrecer alternativas prácticas y seguras, como mostrar cómo dar un baño con esponja. También es importante hablar con los abuelos y otros cuidadores, ya que a menudo son quienes transmiten estas prácticas, para que todos estén informados y protejan al bebé de la misma manera.
Conclusiones
Los fomentos con alcohol no son un simple «remedio de la abuela». Son una práctica de riesgo que puede envenenar a un bebé con las mejores intenciones. Como sociedad, tenemos la responsabilidad de dejar atrás este hábito con información científica y consejos claros. Proteger a nuestros hijos a veces significa cambiar viejas costumbres por nuevas y más seguras. La próxima vez que un bebé tenga fiebre, la mejor herramienta no será el alcohol, sino el conocimiento de cómo ayudarlo sin dañarlo.
Referencias
[1] Barriga Marín JA. Intoxicaciones. En: La salud del niño y del adolescente. 8ª ed. 2017. p. 1601-50.
[2] Larrea V, Urbina C, Juanena C, Mallet J, Pascale A, Battocletti A. Intoxicación aguda no intencional severa con alcohol isopropílico. Acta Toxicol Argent. 2019;27(Supl):90.
[3] Dávila M, Machado S, Dall’Orso P, Pascale A, Prego J. Intoxicación aguda no intencional grave con alcohol isopropílico en el Departamento de Emergencia Pediátrica del Centro Hospitalario Pereira Rossell. A propósito de tres casos clínicos. Arch Pediatr Urug. 2020;91(4):225-30.



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