Autores
José Elias Najjar-Arreola
Universidad Humanitas, Santiago de Querétaro, Querétaro
Jesús Andrés Torres-Vélez
Instituto Politécnico Nacional, Centro de Investigación en Ciencia Aplicada y Tecnología Avanzada (CICATA), Unidad Querétaro, Santiago de Querétaro, Querétaro
Contacto: jesus.torres.tvj1144@humanitas.edu.mx
A veces no es una fotografía. No es una canción. No es una conversación. Es el olor del pan tostándose. Es el sabor de una sopa que ya nadie cocina. Es el perfume dulce de alguien que no sabíamos que extrañábamos.»
En su obra En busca del tiempo perdido, Marcel Proust describió cómo un pequeño trozo de madeleine (un tipo de bizcocho francés) mojado en el té desencadenó una avalancha de recuerdos de la infancia. Más de un siglo después, la psicología experimental ha confirmado que los estímulos olfativos y gustativos poseen una capacidad particularmente intensa para evocar memorias autobiográficas cargadas de emoción. Este fenómeno se conoce como el efecto Proust [1].
Lejos de ser un simple recurso literario, el efecto Proust constituye un fenómeno neuropsicológico con implicaciones en la regulación emocional, el bienestar y la construcción de identidad. Pero surge una pregunta relevante: ¿puede un plato de comida hacernos bien psicológicamente?
La nostalgia como recurso psicológico
La nostalgia no es sinónimo de melancolía patológica. En la literatura contemporánea se conceptualiza como una emoción autobiográfica autorreferencial que integra memoria episódica con afecto predominantemente positivo. Funciona como un recurso regulador que ayuda a la persona a reconstruir sentido cuando enfrenta amenaza o estrés.
Diversos estudios han mostrado que la nostalgia puede fortalecer:
- La autoestima
- El sentido de continuidad del yo
- El significado percibido de la vida
- La conexión social percibida
- El optimismo
En contextos de vulnerabilidad emocional, recordar con afecto experiencias significativas refuerza la percepción de pertenencia: nos recuerda que hemos sido amados, que hemos tenido un lugar al cual llamar hogar.
De la cocina al cerebro: la arquitectura del recuerdo
Si el olor abre la puerta, la comida la atraviesa por completo. El sabor no es únicamente gusto; es la integración entre gusto y olfato retronasal. Mientras comemos, los compuestos volátiles ascienden hacia la cavidad nasal y activan el sistema olfativo, generando una experiencia multisensorial compleja. Desde una perspectiva neurobiológica:
- El bulbo olfatorio y la corteza piriforme transmiten señales tempranas hacia la amígdala y el hipocampo.
- La amígdala participa en la codificación emocional.
- El hipocampo integra memoria episódica.
- La corteza orbitofrontal procesa recompensa y valor hedónico.
- La ínsula integra la experiencia interoceptiva del gusto.
Este circuito explica por qué un aroma puede funcionar simultáneamente como llave y refugio. No es metáfora: es conectividad anatómica [1].
¿Por qué la comida evoca más nostalgia que otros estímulos?
La evidencia experimental encontrada por Reid et al. [2] sugiere que las experiencias relacionadas con alimentos presentan una alta probabilidad de ser clasificadas como nostálgicas. En estudios comparativos, aproximadamente:
- 67% de las experiencias alimentarias fueron consideradas nostálgicas
- 54% en olores
- 26% en música
La comida no solo activa memoria: activa memoria contextualizada socialmente. Las comidas suelen ocurrir en compañía significativa y en rituales repetitivos (familiares, festivos, culturales), lo que refuerza su consolidación emocional. Recordar a través del sabor no solo trae imágenes; trae personas.
Mindfulness y potenciación del efecto
La atención plena (mindfulness) se define como un estado de conciencia sostenida del momento presente con actitud de apertura y aceptación. Aplicada a la alimentación, implica percibir textura, temperatura, aroma y sabor con plena conciencia.
Al reducir distracciones y aumentar la codificación sensorial, el mindfulness podría intensificar la consolidación de recuerdos asociados al alimento. Cada bocado se convierte en una experiencia integrada y consciente, favoreciendo la conexión entre sensación y significado.
Sentir más no es exagerar la emoción; es permitir que la experiencia se registre con mayor profundidad [3].
Aplicaciones clínicas y tecnológicas
El efecto Proust ha despertado interés en el ámbito neuropsicológico y clínico. Las conexiones directas entre olfato, emoción y memoria han motivado investigaciones en:
- Intervenciones para trastorno de estrés postraumático
- Terapias de exposición asistidas por realidad virtual olfativa
- Estrategias de regulación emocional
Rachel S. Herz [4] ha explorado el uso de realidad virtual olfativa en contextos de trauma, subrayando el potencial terapéutico de los estímulos sensoriales evocadores.
Sin embargo, no todo uso es clínico. El marketing sensorial utiliza aromas ambientales para activar asociaciones emocionales en contextos comerciales. El “olor a Navidad” no pertenece al mes: pertenece a la memoria colectiva que lo acompaña. La misma vía neuronal que puede sanar también puede influir en decisiones de consumo.
La memoria también vive en el cuerpo
El efecto Proust demuestra que la memoria no reside exclusivamente en procesos abstractos cognitivos. Está encarnada. Vive en circuitos sensoriales, en la fisiología, en la experiencia corporal.
Vivimos hacia adelante, pero recordamos hacia atrás. Y a veces el pasado no llega como imagen. Llega como un aroma tibio. Como una cucharada. Como un instante que nos devuelve a nosotros mismos. Hay recuerdos que no regresan cuando los llamamos. Pero otros vuelven sin pedir permiso.»
Tal vez por eso, cuando algo huele como solía oler nuestro hogar, el corazón se calma. Y quizá, con ese gesto simple de comer con atención, estamos haciendo algo más que alimentarnos: estamos reconstruyendo continuidad, identidad y pertenencia.
Conclusiones
El efecto Proust no es únicamente una curiosidad literaria ni un hallazgo experimental aislado. Representa un puente entre neurociencia, emoción y experiencia cotidiana. La comida, en su dimensión sensorial y social, constituye un vehículo privilegiado para activar memorias autobiográficas significativas y favorecer la regulación emocional.
Comprender este fenómeno permite ampliar su aplicación en contextos clínicos, educativos y de salud pública, al tiempo que invita a reconsiderar la experiencia alimentaria como algo más que un acto nutricional.
Quizá la próxima vez que un aroma despierte un recuerdo, no sea solo nostalgia.
Sea el cerebro recordándonos quiénes hemos sido.
Referencias
[1] Green JD, Reid CA, Kneuer MA, Hedgebeth MV. The Proust effect: Scents, food, and nostalgia. Curr Opin Psychol. 2023;50:101562. doi:10.1016/j.copsyc.2023.101562.
[2] Reid CA, Green JD, Buchmaier S, McSween DK, Wildschut T, Sedikides C. Food-evoked nostalgia. Cogn Emot. 2023;37(1):34-48. doi:10.1080/02699931.2022.2142525.
[3] Allameh SA, Mokhtari Z, Hosseini E, Askari G. Effects of mindfulness-based interventions on food craving in adults: a systematic review and meta-analysis of controlled clinical trials. BMC Psychol. 2025;13(1):1022. doi:10.1186/s40359-025-03307-6.
[4] Herz RS. Olfactory virtual reality: A new frontier in the treatment and prevention of posttraumatic stress disorder. Brain Sci. 2021;11(8):1070. doi:10.3390/brainsci11081070.



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