Autores
Luis Carlos Cortez González
Facultad de Enfermería y Nutrición, Unidad Sureste, Universidad Autónoma de Coahuila
Contacto: lucortezg@uadec.edu.mx
Diana Berenice Cortes Montelongo
Facultad de Enfermería y Nutrición, Unidad Sureste, Universidad Autónoma de Coahuila
José Luis Nuncio Domínguez
Facultad de Enfermería y Nutrición, Unidad Sureste, Universidad Autónoma de Coahuila
A causa de las transformaciones producidas por el envejecimiento, el entrenamiento de fuerza y potencia se vuelve un factor fundamental para la promoción del bienestar físico y psicológico de las personas adultas mayores.
El Colegio Americano de Medicina del Deporte define la fuerza muscular como la capacidad de un músculo para ejercer la fuerza máxima, por ejemplo: levantar una caja pesada del suelo. La potencia muscular la define como, la capacidad del músculo para ejercer fuerza a una velocidad determinada, como por ejemplo subir un escalón del autobús rápidamente [1].
El impacto positivo de la actividad física en el bienestar de las personas adultas mayores esta ampliamente registrado en la literatura científica. Especialmente la potencia muscular presenta numerosos beneficios en la salud de este grupo etario.
Beneficios de la potencia muscular
El entrenamiento de la potencia física presenta mejoras en la autonomía e independencia funcional ayudando a realizar actividades de la vida diaria como levantarse, caminar, subir o bajar escaleras y levantarse de una silla sin ayuda de externos. Reduce el riesgo de caídas, mejorando el equilibrio y coordinación [2]. Mejora la salud cardio-metabólica a través de la regulación de la insulina y glucosa en sangre y ayuda en el control de la presión arterial, disminuyendo el riesgo de presentar diabetes tipo 2 y una enfermedad cardiovascular (infarto). Favorece la densidad mineral ósea reduciendo el riesgo de osteoporosis y fracturas. Presenta beneficios psicológicos y cognitivos al establecerse mejoras en el estado de ánimo, menor ansiedad y mejora la autoestima [3]. Además, produce efectos positivos sobre algunas funciones cognitivas como la memoria, atención, velocidad de procesamiento y funciones ejecutivas.
La disminución de la potencia muscular es más rápida que la pérdida de fuerza y esta asociada a diferentes complicaciones funcionales, clínicas y psicosociales en la vejez.
Principalmente la baja potencia limita la capacidad de realizar ajustes rápidos ante tropiezos o resbalones al momento de caminar, incrementando la incidencia de caídas y fracturas de cadera y muñecas. Restringe la velocidad de la marcha y la capacidad de subir escaleras asociándose con mayor dependencia y fatiga precoz. Dificulta la realización de actividades diarias, como levantarse o cargar cosas pesadas. Contribuye al síndrome de fragilidad, que se caracteriza por debilidad muscular, lentitud, baja actividad física y mayor vulnerabilidad ante eventos adversos de salud como: infecciones o depresión. Finalmente, la reducción de potencia está asociada con un incremento del miedo a sufrir una caída, mayor riesgo de hospitalizaciones, comorbilidades y un aumento de la mortalidad [2,3].
La potencia física impacta directamente en la seguridad, autonomía, participación social y en los costos en salud, presentando una alta relevancia social.
Es un componente clave del envejecimiento exitoso favoreciendo la movilidad, participación en actividades comunitarias y recreativas que mejoran la calidad de vida, el bienestar psicológico y la integración social. Reduce desigualdades en salud y promueve una vejez más equitativa [4]. Conservar la potencia física ayuda a reducir costos asociados a la dependencia, necesidad de un cuidador por largos plazos y atención médica. Además, la persona adulta mayor puede mantener una participación más activa en la dinámica familiar y de su comunidad, fortaleciendo así las redes de apoyo intergeneracionales [5].
En conclusión, la potencia física es un determinante fundamental del envejecimiento saludable, ya que su mantenimiento sostiene la capacidad de moverse, la autonomía y la calidad de vida en las personas adultas mayores, mientras que su deterioro aumenta la dependencia funcional y el riesgo de complicaciones que afectan al individuo, la familia, la comunidad y los sistemas de salud.
Referencias
[1] Bishop DJ, Beck B, Biddle SJH, Denay KL, Ferri A, Gibala MJ, et al. Physical Activity and Exercise Intensity Terminology: A Joint American College of Sports Medicine (ACSM) Expert Statement and exercise and Sport Science Australia (ESSA) Consensus Statement. J Sci Med Sport. 2025;28(12):980–91. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1016/j.jsams.2024.11.004
[2] Lu L, Mao L, Feng Y, Ainsworth BE, Liu Y, Chen N. Effects of different exercise training modes on muscle strength and physical performance in older people with sarcopenia: a systematic review and meta-analysis. BMC Geriatr. 2021;21(1):708. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1186/s12877-021-02642-8
[3] Radaelli R, Trajano GS, Freitas SR, Izquierdo M, Cadore EL, Pinto RS. Power training prescription in older individuals: Is it safe and effective to promote neuromuscular functional improvements? Sports Med. 2023;53(3):569–76. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1007/s40279-022-01758-0
[4] Mahmoudi A, Amirshaghaghi F, Aminzadeh R, Mohamadi Turkmani E. Effect of aerobic, resistance, and combined exercise training on depressive symptoms, quality of life, and muscle strength in healthy older adults: A systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. Biol Res Nurs. 2022;24(4):541–59. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1177/10998004221104850
[5] Dionigi R. Resistance training and older adults’ beliefs about psychological benefits: the importance of self-efficacy and social interaction. J Sport Exerc Psychol. 2007;29(6):723–46. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1123/jsep.29.6.723



Deja una respuesta