Autores
Carolina Sotelo Tapia
Laboratorio de Neuropsicología, Departamento de Ciencias de la Salud, Centro Universitario de los Valles, Universidad de Guadalajara
Fabiola Alejandra Iribe Burgos
Laboratorio de Neuropsicología, Departamento de Ciencias de la Salud, Centro Universitario de los Valles, Universidad de Guadalajara
Juan Pablo García Hernández
Laboratorio de Neuropsicología, Departamento de Ciencias de la Salud, Centro Universitario de los Valles, Universidad de Guadalajara
Contacto: juanpablo.garcia@academicos.udg.mx
La depresión y la ansiedad son dos de los trastornos mentales más comunes en el mundo. La depresión se caracteriza por una tristeza profunda, falta de interés en actividades cotidianas, fatiga y sentimientos de inutilidad. Por su parte, la ansiedad implica preocupación excesiva, tensión constante, miedo anticipatorio y, a menudo, síntomas físicos como taquicardia o sudoración. Aunque cada uno presenta características propias, ambos afectan el funcionamiento cognitivo del cerebro, especialmente las funciones ejecutivas: memoria de trabajo, control inhibitorio y flexibilidad cognitiva. Estas funciones nos permiten controlar impulsos y adaptarnos a los cambios del entorno. Este artículo explora cómo la depresión y la ansiedad impactan dichas funciones cognitivas, evidenciando el costo cognitivo subyacente a estos trastornos.
Memoria de trabajo
Uno de los aspectos afectados es la memoria de trabajo, una función ejecutiva que utilizamos para retener información durante un breve período mientras la manipulamos para emplearla. Por ejemplo, cuando recordamos un número telefónico mientras lo marcamos, estamos usando la memoria de trabajo. En personas con depresión o ansiedad, esta función suele estar debilitada. La ansiedad, en particular, puede saturar dicha memoria con pensamientos negativos o preocupantes, reduciendo el espacio disponible para otra información relevante. Esto explica por qué alguien con ansiedad puede tener dificultades para concentrarse, incluso cuando intenta prestar atención.
Existe evidencia de un sesgo mnémico hacia contenidos emocionalmente congruentes con el estado de ánimo. Es decir, las personas deprimidas tienden a recordar con mayor facilidad eventos y palabras negativas, mientras que el recuerdo de experiencias positivas se ve significativamente reducido. Este fenómeno, conocido como congruencia del estado de ánimo, ha sido replicado tanto en estudios con pacientes diagnosticados como en experimentos con inducción de estados afectivos. Estos hallazgos muestran que el estado de ánimo durante la codificación o recuperación influye directamente en el tipo de información que se recuerda. Por ejemplo, investigaciones han demostrado que las personas con estado de ánimo deprimido tardan más en recordar eventos positivos, lo que sugiere una accesibilidad diferencial de la memoria autobiográfica según el tono emocional.
En contraste, los hallazgos sobre el impacto de la ansiedad en la memoria son heterogéneos. Aunque algunos estudios indican un sesgo hacia el recuerdo de estímulos percibidos como amenazantes —especialmente en trastornos específicos como la agorafobia o el trastorno de pánico—, otros no han encontrado efectos consistentes. Un aspecto relevante es que, en ciertos casos como las fobias específicas, se observa un recuerdo deficiente de los estímulos, lo que podría deberse a un mecanismo de evitación cognitiva: la persona atiende rápidamente al estímulo amenazante, pero evita su procesamiento profundo para reducir la ansiedad. Esto contrasta con el buen recuerdo de palabras relacionadas con la respuesta emocional, como «miedo» o «temblor», lo que sugiere que la ansiedad puede modular qué aspectos de una experiencia se consolidan en la memoria.
Así, mientras la depresión parece afectar principalmente los procesos estratégicos y controlados de la memoria —como la búsqueda y recuperación de recuerdos específicos—, la ansiedad influye más en procesos automáticos, como la atención inicial hacia lo amenazante, con consecuencias indirectas en el almacenamiento. Estas alteraciones representan un costo cognitivo significativo, ya que limitan la flexibilidad mental, dificultan el aprendizaje adaptativo y contribuyen al mantenimiento de los trastornos emocionales. Del mismo modo, entre las funciones afectadas destaca el control inhibitorio, esencial para la autorregulación y el manejo de la información [1].
Control inhibitorio
El control inhibitorio es la capacidad para suprimir pensamientos, emociones o acciones irrelevantes o desfavorables en momentos determinados. En relación con la depresión, diversos estudios indican una disminución general del control inhibitorio. Por ejemplo, las personas con este trastorno cometen más errores de inhibición en tareas Go/No-Go —una actividad en la que se debe responder (Go) ante ciertos estímulos y abstenerse de hacerlo (No-Go) ante otros—, tanto con estímulos emocionales como neutros. Es decir, el déficit no se limita únicamente a la información negativa, como suele pensarse, sino que también se mantiene ante estímulos positivos y neutros, aunque el efecto es más pronunciado con los negativos [2].
En la ansiedad, aunque comparte múltiples rasgos con la depresión (como el procesamiento de la emoción negativa), los hallazgos son más variados. Por ejemplo, las personas con ansiedad también muestran una disminución en la inhibición, aunque en menor medida que aquellas con depresión, pero con mayores dificultades en la velocidad de procesamiento [3].
Además, tanto la depresión como la ansiedad afectan la manera en que se procesa la información negativa, interfiriendo en el proceso inhibitorio cuando los estímulos tienen una carga emocional, especialmente negativa, incluso cuando dicha emoción no es relevante pero sí perceptible [2]. Así, se observa un doble patrón: un déficit inhibitorio general (incluso con estímulos positivos y neutros) y una dificultad adicional frente a estímulos con contenido emocional negativo o cuando la tarea exige inhibir distracciones afectivas de esta naturaleza.
Desde el ámbito clínico, esto resulta relevante porque dicho déficit contribuye al mantenimiento de síntomas característicos de estos trastornos, como la rumiación (pensamientos negativos recurrentes) y la incapacidad para dejar de pensar en aquello que genera malestar. Se ha encontrado que la rumiación media la relación entre el deterioro del control inhibitorio y la intensidad de los síntomas depresivos y ansiosos [2]. Esto influye en la respuesta al tratamiento, ya que medir la capacidad inhibitoria puede servir como predictor de estabilidad o mejoría en intervenciones psicológicas: los pacientes con mejor control inhibitorio tienden a responder más favorablemente a terapias que implican regulación emocional, como la terapia cognitivo-conductual.
Flexibilidad cognitiva
La flexibilidad cognitiva nos permite modificar nuestros esquemas de pensamiento y ajustar la conducta ante cambios imprevistos, lo cual resulta útil cuando una acción no es suficiente para resolver una situación o alcanzar un objetivo deseado. Esta función tiene un desarrollo tardío, en parte porque depende de las otras funciones ejecutivas ya descritas: la memoria de trabajo y el control inhibitorio. Por ejemplo, para cambiar de perspectiva es necesario inhibir la anterior mientras se manipula la nueva información y se integra en una perspectiva distinta mediante la memoria de trabajo.
Se ha reportado que esta función ejecutiva también presenta alteraciones en personas con depresión o ansiedad. Por ejemplo, algunos estudios han encontrado un desempeño deficiente en adultos con estos trastornos en diversas tareas que evalúan la flexibilidad cognitiva. Asimismo, se ha documentado que la flexibilidad cognitiva media el efecto de la regulación emocional, por ejemplo, a través de la reestructuración cognitiva, una técnica psicoterapéutica que contribuye a reducir las emociones negativas mediante la modificación de pensamientos generadores de síntomas ansiosos y depresivos. De este modo, un bajo desempeño en flexibilidad cognitiva puede ser, por un lado, una posible causa de los síntomas de ansiedad y depresión, y por otro, un obstáculo para la mejoría clínica.
Uno de los mecanismos implicados en esta interacción es que la flexibilidad cognitiva actúa como mediadora entre la ansiedad y la depresión al contribuir a frenar la impulsividad, ya que permite integrar nuevas perspectivas antes de decidir la respuesta más adecuada. Así, al disminuir la flexibilidad, los síntomas de ansiedad y depresión se intensifican, posiblemente porque la persona entra en un bucle de pensamientos negativos que facilitan la impulsividad [4].
Otros factores podrían explicar estas asociaciones entre ansiedad, depresión y disfunción ejecutiva en la flexibilidad cognitiva. Por un lado, la rumiación y la preocupación excesiva generan cambios en la atención al actuar como distractores, dificultando la capacidad para buscar o generar alternativas. A su vez, puede existir un sesgo atencional hacia estímulos negativos, lo que entorpece el procesamiento de otros estímulos y reduce la adaptabilidad al entorno. Por otro lado, la motivación podría desempeñar un papel relevante, ya que la apatía o la falta de interés dificultan la búsqueda de nuevas soluciones. Asimismo, el estrés podría tener un efecto significativo, dado que los pensamientos y emociones negativas pueden funcionar como estresores, generando cambios fisiológicos —principalmente aumentos en los niveles de cortisol— que afectan los sustratos neurobiológicos de las funciones ejecutivas, como la corteza prefrontal [5].
Conclusiones
La depresión y la ansiedad no solo afectan el estado de ánimo, sino también el funcionamiento cerebral. Las alteraciones en funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la flexibilidad cognitiva tienen un impacto directo en la vida cotidiana. Las personas con estos trastornos pueden presentar dificultades para concentrarse, recordar experiencias positivas, detener pensamientos negativos o adaptarse a nuevas situaciones. Estos problemas no son meras consecuencias de los síntomas emocionales, sino que también contribuyen a la persistencia de los trastornos. Además, dichas alteraciones cognitivas pueden predecir la respuesta al tratamiento psicológico. Comprender este costo cognitivo resulta fundamental para optimizar las intervenciones terapéuticas, ya que permite diseñar estrategias orientadas a fortalecer estas funciones mentales.
Referencias
[1] Liu C, Chen R, Yun SM, Wang X. Intervention effect of exercise on working memory in patients with depression: a systematic review. PeerJ. 2024 Ago 28;12:e17986.
[2] Shimony O, Einav N, Bonne O, Jordan JT, Van Vleet TM, Nahum M. The association between implicit and explicit affective inhibitory control, rumination and depressive symptoms. Sci Rep. 2021 Jun 1;11(1):11490.
[3] Wang D, Lin B, Huang Y, Chong ZY, Du J, Yuan Q, et al. Exploring neural correlates between anxiety and inhibitory ability: evidence from task-based fNIRS. Depress Anxiety. 2024 Ene;2024(1):8680134. (Nota: si el volumen es realmente el año, se conserva, pero es inusual. Recomiendo verificar en la fuente original si el volumen es 2024 o si falta un número real.)
[4] Gu C, Guo M, Cui Y, Yu F, Chen Y, Chu J, et al. Cognitive flexibility mediates the impact of emotion regulation strategies on negative emotions in preschool teachers. Front Psychol. 2025 Jul 16;16:1609872.
[5] García-Fernández M, Fuentes-Sánchez N, Escrig MA, Eerola T, Pastor MC. Gender, emotion regulation, and cognitive flexibility as predictors of depression, anxiety, and affect in healthy adults. Curr Psychol. 2025 Abr;44(7):5685–5694.



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