Canibalismo microscópico: el peligro del síndrome hemofagocítico

Canibalismo microscópico: el peligro del síndrome hemofagocítico

Autores

Joseline Elisa Rodas-Hernández

Licenciatura en Médico Cirujano y Partero, Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS), Universidad de Guadalajara (UdeG)

Jazz Alan Corona-Angeles

Doctorado en Ciencias Biomédicas, CUCS, UdeG

Edith Oregon-Romero

Instituto de Investigación en Ciencias Biomédicas, CUCS, UdeG

Contacto: edith.oregon@academicos.udg.mx


El sistema inmunológico está compuesto por diferentes tipos de células que trabajan juntas para protegernos de infecciones y enfermedades. Entre ellas se encuentran los linfocitos T, que atacan células infectadas o anormales, y las células Natural Killer (NK), que responden de manera rápida para eliminar amenazas (1). También están los macrófagos, células que devoran invasores y desechos celulares para mantenernos sanos. Sin embargo, en el síndrome hemofagocítico, este sistema falla: las células NK y los linfocitos T no pueden regularse correctamente, lo que provoca que los macrófagos se activen de manera descontrolada. En lugar de proteger, estos macrófagos comienzan a “comer” células sanas de la sangre, desencadenando una inflamación masiva que daña órganos y tejidos. Este fallo en la regulación convierte al sistema inmunológico, nuestro protector, en una amenaza para el cuerpo (2).

La batalla ha comenzado: consecuencias de la destrucción celular

Imagina que el sistema de defensas de tu cuerpo es como un ejército que normalmente te protege de los malos, pero en el síndrome hemofagocítico, este ejército se descontrola y empieza a lanzar “armas químicas” llamadas citocinas por todo el cuerpo. Citocinas como el interferón-gamma (IFN-γ), la interleucina-1 (IL-1), la interleucina-6 (IL-6) y el factor de necrosis tumoral (TNF) son como mensajes que le dicen al cuerpo que hay una emergencia enorme. El problema es que, en lugar de ayudar, causan una inflamación gigante por todas partes, como si hubiera un incendio que no se puede apagar (2). Esta inflamación es tan fuerte que también daña órganos y tejidos como el hígado, los pulmones o el corazón, haciendo que dejen de funcionar correctamente. Si no se controla a tiempo, puede ser muy peligroso e incluso llevar a la muerte. Por eso, es importante que los médicos actúen rápido para detener esta “tormenta” y salvar el cuerpo (2).

Ya hablamos sobre lo que pasa cuando el sistema inmune se vuelve loco y empieza a atacar todo lo que encuentra, incluso las partes sanas del cuerpo, pero ¿qué pasa luego de que termina la batalla? Las células importantes de la sangre, como los glóbulos rojos (que llevan oxígeno), los glóbulos blancos (que nos defienden de infecciones) y las plaquetas (que ayudan a que la sangre coagule), disminuyen en cantidad, ya que están siendo atacadas y su muerte causa que el cuerpo esté en un estrés constante, provocando un caos interno. Perder todas estas tropas de células causa problemas como anemia (te sientes muy cansado y sin energía), infecciones (el cuerpo no puede defenderse bien de los gérmenes) y sangrados (aparecen moretones fácilmente o sangras más de lo normal) (2).  Además, este daño masivo puede llevar a un cuadro conocido como fallo multiorgánico, el cual es muy peligroso y, si no se trata a tiempo, puede llevar a la muerte.

Las dos caras del síndrome hemofagocítico: Familiar y Adquirido

El SHF primario, también llamado linfohistiocitosis hemofagocítica familiar (LHHF), se asemeja a un error de fábrica en nuestro sistema inmunológico. Se debe a mutaciones genéticas que afectan a las células encargadas de defendernos, especialmente las células NK y los linfocitos T. Estas alteraciones impiden que el sistema inmunológico se desactive después de combatir una infección, lo que provoca una inflamación descontrolada. Este tipo de síndrome suele manifestarse en la infancia, aunque también puede presentarse en adultos. Sin un diagnóstico y tratamiento rápidos, puede ser devastador (3).

El SHF secundario se manifiesta como consecuencia de otras enfermedades. A diferencia del SHF primario, no tiene origen en nuestros genes, sino que aparece cuando el sistema inmunológico se descontrola debido a problemas como infecciones, enfermedades autoinmunes o cánceres. Un ejemplo es el virus de Epstein-Barr (VEB), el cual puede causar un descontrol en nuestro sistema, aunque otras infecciones por virus, bacterias, hongos o parásitos también pueden hacerlo. Además, enfermedades como el lupus o la artritis reumatoide, donde el cuerpo ataca por error sus propios tejidos, o cánceres como linfomas y leucemias, pueden desencadenar una respuesta inmunológica excesiva y perjudicial. Aunque no tiene origen genético, el SHF secundario es igual de grave que el primario. Su tratamiento depende de identificar y atacar la causa que lo originó —ya sea una infección, una enfermedad autoinmune o un cáncer— para controlar la respuesta inmunológica exacerbada y prevenir daños mayores (3).

Detección

Para saber si alguien tiene síndrome hemofagocítico, los médicos siguen varias pistas. Primero, buscan síntomas como fiebre persistente y un bazo agrandado, que puede sentirse como una “bola” abultada en el abdomen. Luego, hacen pruebas de sangre para detectar señales de inflamación, como niveles elevados de una sustancia llamada ferritina —que aumenta cuando hay inflamación—, o para identificar una disminución de células importantes como glóbulos rojos, glóbulos blancos o plaquetas (4). En algunos casos, especialmente si se sospecha un origen genético, los médicos también realizan estudios en nuestros genes (como PRF1UNC13D o STX11), en busca de mutaciones que impidan el correcto funcionamiento de las células defensivas (4). Pero… ¿por qué estos genes específicamente? Esto se debe a que son fundamentales para el control del sistema inmune y, si alguno de ellos falla, el sistema puede descontrolarse gravemente.

El gen PRF1 produce una proteína llamada perforina, que actúa como una herramienta que las células emplean para eliminar invasores. Si este gen está dañado, las células no logran detener su ataque adecuadamente. El gen UNC13D facilita la liberación de sustancias por parte de las células para combatir amenazas y, si falla, el sistema inmunológico puede descontrolarse. Por último, el gen STX11 es fundamental para que las células liberen sus armas de manera controlada, y si no funciona correctamente, puede contribuir al desarrollo de la enfermedad (4).

Tratamiento

Una vez que se confirma el diagnóstico, el tratamiento se convierte en una carrera contra el tiempo. Se utilizan medicamentos inmunosupresores, como la dexametasona (un tipo de cortisona que reduce la inflamación) y la ciclosporina (que frena la actividad del sistema inmunológico) (3). También se puede emplear quimioterapia, como el etopósido, que disminuye la cantidad de células inmunes hiperreactivas. Además, existen terapias más específicas, como el anakinra, que bloquea la acción de la IL-1, una molécula inflamatoria clave, o el emapalumab, que neutraliza el IFN-γ, otra citocina responsable de intensificar la respuesta inflamatoria. En casos muy graves, especialmente si el problema es genético, puede ser necesario un trasplante de médula ósea, que sustituye las células inmunitarias defectuosas por otras sanas (3). Todo esto ayuda a detener la “guerra” en el cuerpo y a salvar vidas.

Conclusiones

El síndrome hemofagocítico es una enfermedad grave que requiere una detección temprana y atención especializada. Su tratamiento implica la colaboración de varios especialistas y el uso de medicamentos inmunosupresores, quimioterapia y, en algunos casos, un trasplante de médula ósea para reemplazar las células defectuosas por otras sanas. Aunque es poco frecuente, es fundamental identificarla y tratarla rápidamente para aumentar las posibilidades de recuperación.

Referencias

[1] Ponnatt TS, Lilley CM, Mirza KM. Hemophagocytic Lymphohistiocytosis. Arch Pathol Lab Med. 2022 Apr 1;146(4):507-19. doi: 10.5858/arpa.2020-0802-RA.

[2] Yaseen NS, Ali SK, Aziz HS. Hemophagocytic syndrome: Laboratory and molecular characterization. Iraqi J Hematol. 2024 Jul-Dec;13(2):195-201. doi: 10.4103/ijh.ijh_36_24.

[3] Henter JI. Hemophagocytic Lymphohistiocytosis. N Engl J Med. 2025;392(6):584-98.

[4] Imashuku S, Morimoto A, Ishii E. Virus-triggered secondary hemophagocytic lymphohistiocytosis. Acta Paediatr. 2021;110(10):2729-36.


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