Autores
Xavier Andrés Flores-Solares
Instituto de Investigación en Ciencias Biomédicas, Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara
Una sombra más antigua que nuestra especie
Existe una falsa sensación de seguridad en la sociedad moderna. Tendemos a pensar que las grandes plagas de la humanidad quedaron sepultadas en los libros de historia, pero la realidad nos contradice. La enfermedad infecciosa más letal de todos los tiempos no es nueva, ni ha desaparecido, de hecho, ha caminado a nuestro lado desde antes de que formáramos las primeras sociedades. Hemos encontrado rastros de su huella genética en momias egipcias y se cree que incluso es mencionada con temor en los textos de la biblia hebrea.
Hoy en día, la mayoría de las personas asume que la tuberculosis (TB) es un fantasma del pasado. Sin embargo, de acuerdo con el reporte anual de la Organización Mundial de la Salud (OMS), tan solo en 2025 se estimaron 10.7 millones de nuevos casos en el mundo, de las cuales 1.23 millones perdieron la vida. No estamos hablando de una enfermedad erradicada; estamos ante una emergencia sanitaria activa que sigue cobrando vidas cada día [1,2].
La biología detrás del contagio
Para entender por qué la tuberculosis se ha mantenido invicta a lo largo de milenios, debemos mirar su biología. El agente causal es Mycobacterium tuberculosis, una bacteria con una capacidad adaptativa excepcional. Su viaje empieza en el aire, viajando en microscópicas gotas de saliva que expulsamos al hablar, toser o estornudar. Como es un microorganismo que depende crucialmente del oxígeno para sobrevivir, su destino favorito es el tracto respiratorio superior, la zona de nuestros pulmones donde el oxígeno es más abundante. Esta es la forma más común de la enfermedad (la tuberculosis pulmonar), aunque la bacteria también es capaz de viajar y colonizar otros órganos, lo que conocemos como tuberculosis extrapulmonar.
Cuando la bacteria ingresa a nuestro cuerpo, el sistema inmunológico despliega sus soldados, los leucocitos o glóbulos blancos. Estos defensores intentan atrapar y destruir al invasor, uno tras otro. pero se topan con una muralla casi impenetrable. La bacteria posee una capa externa gruesa de ácido micólico, una estructura cerosa que actúa como un escudo protector. Este «impermeable» biológico dificulta enormemente la destrucción celular, permitiéndole resistir tanto los ataques de nuestras defensas como los tratamientos médicos [2].
Además, es un organismo de crecimiento extremadamente lento. Mientras que otras bacterias se multiplican en minutos, la TB se toma su tiempo, lo que obliga a que los protocolos de tratamiento actuales sean innecesariamente largos y desgastantes: una combinación de diversos medicamentos que implica tomar hasta siete píldoras al día durante un periodo de seis a nueve meses. Esta alarmante lentitud le otorga otra ventaja evolutiva a la bacteria, le da el tiempo suficiente para aprender y desarrollar resistencia a los tratamientos disponibles.
Finalmente, la tuberculosis es experta en el arte del escondite. Se estima que una cuarta parte de la población mundial está infectada sin saberlo, un fenómeno clínico llamado «tuberculosis latente». Estas personas albergan al microorganismo, pero no presentan síntomas ni contagian a otros [2]. El peligro real es que actúan como una bomba de tiempo: si sus sistemas inmunes se debilitan, entre el 5% y el 10% de estos portadores desarrollarán una tuberculosis activa en algún momento de su vida, adquiriendo la enfermedad y perpetuando el ciclo de contagio.
Biológicamente, todos somos vulnerables y podemos contraer la infección. Sin embargo, la crudeza de esta enfermedad radica en que las oportunidades de infectarse, enfermar o morir no son iguales para todos [3].
El verdadero motor de la enfermedad: Las desigualdades estructurales
Hace un par de siglos, la tuberculosis era una sentencia de muerte inevitable simplemente porque no entendíamos cómo funcionaba. Pero hoy el escenario es completamente distinto: sabemos exactamente cómo diagnosticarla y cómo curarla. Entonces, ¿por qué sigue cobrándose la vida de más de un millón de personas cada año?
La respuesta es incómoda: en pleno siglo XXI, el verdadero causante de la tuberculosis ya no es solo una bacteria, sino la desigualdad. Cuando por fin se descubrieron los medicamentos capaces de salvar vidas, ocurrió una fractura entre naciones. Los países ricos compraron los tratamientos, sus ciudadanos dejaron de morir y, de pronto, la enfermedad dejó de ser un negocio rentable para las farmacéuticas. Al desaparecer de la agenda de las naciones desarrolladas, también se borró de la mente del mundo. Las medicinas simplemente nunca llegaron a quienes más los necesitaban.
Por eso, hoy la tuberculosis es la enfermedad de la marginación. No ataca a todos por igual; se alimenta directamente de la pobreza, el hacinamiento, las viviendas precarias y los sistemas de salud abandonados. Además, estas desigualdades van más allá del dinero y se cruzan con el género y el trabajo. En muchas regiones, los hombres jóvenes tienen tasas de mortalidad mucho más altas debido a los riesgos de empleos poco ventilados —como la minería o la construcción— combinados con barreras culturales que los alejan de buscar atención médica temprana.
En pocas palabras, la razón por la que la tuberculosis sigue cobrando vidas no es una falla de la ciencia, sino una falla de nuestra humanidad: es el resultado directo del tejido social y político que hemos decidido construir. Incluso la propia Organización Mundial de la Salud reconoce que la TB no se combate únicamente en los hospitales, sino transformando las condiciones de vida, el trabajo y la alimentación de las personas [4].
El futuro de la salud pública
Descubrir que la permanencia de la TB se debe a causas humanas no tiene por qué ser una mala noticia. Al contrario: si nosotros construimos el problema, también significa que tenemos el poder de ser la solución.
Podemos elegir un mundo en el que ninguna persona más muera de tuberculosis. No estamos destinados a cargar con esta plaga eternamente, pero la ciencia y la medicina no pueden ganar esta batalla solas. Millones de vidas pueden salvarse si decidimos presionar a nuestros gobiernos e instituciones para que dejen de ver a la TB como una batalla del pasado y comiencen a financiarla como la emergencia del presente [5].
Se requiere una inversión urgente en investigación biomédica para diseñar tratamientos más cortos y vacunas más eficaces. Pero, sobre todo, se necesita un esfuerzo global coordinado para llevar los medicamentos y el diagnóstico oportuno justo a los lugares que han quedado en el olvido, rompiendo de una vez por todas las barreras de la desigualdad. La historia de la salud pública no está escrita. El fin de la enfermedad infecciosa más letal de la historia humana depende de nuestra capacidad para transformar el conocimiento científico en equidad social y supervivencia colectiva.
Conclusiones
La persistencia de la tuberculosis a lo largo de más de tres milenios nos demuestra que no estamos ante un simple fallo en la ciencia, sino ante el reflejo de nuestras propias deudas históricas. Mycobacterium tuberculosis ha logrado sobrevivir e invadirnos no solo gracias a su impermeable de ácido micólico o a su capacidad de latencia, sino porque ha encontrado su mejor escudo protector en la indiferencia humana y en las grietas de un sistema global profundamente desigual.
Asumir que la enfermedad infecciosa más letal de la historia es un fantasma del pasado es un lujo que solo se pueden permitir quienes no habitan la marginación. La TB no es un evento aislado; es una emergencia activa que hoy se alimenta del hacinamiento, la precariedad y el olvido farmacéutico. Curar la tuberculosis ya no es un reto de laboratorio —puesto que la ciencia ya descifró el cómo—, sino un imperativo político y moral.
Poner fin a esta sombra milenaria requiere entender que la equidad social es tan indispensable como el mejor de los antibióticos. En nuestras manos y en nuestra voluntad colectiva recae la responsabilidad de financiar el presente, romper los determinantes estructurales de la salud y garantizar que el conocimiento científico se traduzca en supervivencia para todos. Lograr que la tuberculosis no cobre una sola vida más no será el triunfo de una nueva píldora, sino el nacimiento de una humanidad más justa.
Referencias
[1] Global tuberculosis report 2025. Geneva: World Health Organization; 2025 (https://iris.who.int/handle/10665/379339). Licence: CC BY-NC-SA 3.0 IGO.
[2] Zimmerman, M. R. (1979). Pulmonary and osseous tuberculosis in an Egyptian mummy. Bulletin of the New York Academy of Medicine, 55(6), 604.
[3] Alsayed, S. S. R., & Gunosewoyo, H. (2023). Tuberculosis: Pathogenesis, Current Treatment Regimens and New Drug Targets. International Journal of Molecular Sciences, 24(6), 5202. https://doi.org/10.3390/ijms24065202
[4] Lönnroth, K., Jaramillo, E., Williams, B. G., Dye, C., & Raviglione, M. (2009). Drivers of tuberculosis epidemics: the role of risk factors and social determinants. Social science & medicine, 68(12), 2240-2246.
[5] Rubel, A. J., & Garro, L. C. (1992). Social and cultural factors in the successful control of tuberculosis. Public health reports, 107(6), 626.



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