Autores
Mireille Fernanda López Orozco
Doctorado en Ciencias Biomédicas Orientación en Inmunología, Departamento de Fisiología, Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS), Universidad de Guadalajara (UdeG), Guadalajara, Jalisco
Instituto de Enfermedades Crónico-Degenerativas, Departamento de Biología Molecular y Genómica, CUCS, UdeG, Guadalajara, Jalisco
Contacto: mireille.lopez7330@alumnos.udg.mx
Christian Fernando Coronado González
Doctorado en Ciencias Biomédicas Orientación en Inmunología, Departamento de Fisiología, CUCS, UdeG, Guadalajara, Jalisco
Instituto de Investigación de Ciencias Biomédicas, Departamento de Biología Molecular y Genómica, CUCS, UdeG, Guadalajara, Jalisco
Imagina despertar una mañana con rigidez en las manos, sentir dolor al sostener una taza, o tarda varios segundos en cerrar el puño. Esta es la realidad de muchas personas que viven con artritis reumatoide (AR). Normalmente, la inflamación funciona como una alarma de defensa: se activa cuando el cuerpo detecta infecciones o lesiones, y ayuda al sistema inmunitario a protegernos. Sin embargo, en AR, esta alarma deja de apagarse correctamente y el sistema inmunitario comienza a atacar las propias articulaciones , provocando dolor, rigidez e inflamación (1). Con el tiempo, este proceso no solo afecta la movilidad, sino también la calidad de vida de quienes viven con la enfermedad.
Recientemente, se ha observado que los ácidos grasos poliinsaturados omega-3, presentes en el salmón, sardinas o atún, tienen la capacidad de regular la inflamación. Estudios han sugerido que el omega-3 puede favorecer a crear moléculas antiinflamatorias y cooperar a disminuir algunos síntomas relacionados con la AR como el dolor y la rigidez (2).
Aunque el omega-3 no reemplaza los tratamientos médicos, la información actual indica que la alimentación podría desempeñar un papel importante en el control de la inflamación. Generando nuevas preguntas sobre como algunos nutrientes pueden influir en enfermedades autoinmunes y que tan grande podría ser su impacto en pacientes con AR (3).
Inflamación
La inflamación funciona como una alarma de defensa: se activa cuando el cuerpo detecta infecciones o lesiones, y ayuda al sistema inmunitario a protegernos. Normalmente, después de combatir el problema, el cuerpo apaga la alarma y ayuda a que el tejido se repare. Sin embargo, en enfermedades como artritis reumatoide (AR), la alarma deja de apagarse correctamente y el sistema inmunitario comienza a atacar las propias articulaciones, provocando dolor y rigidez e inflamación (1).
Cuando la inflamación está activa todo el tiempo, puede causar daños en tejidos y órganos, además de perjudicar otros procesos del cuerpo. Por esta razón, se han buscado estrategias que ayuden a resolver este problema en la alarma de la inflamación. Entre estas estrategias, la nutrición ha surgido como una posible forma de combatirla (1).
Se ha demostrado en diferentes estudios, que el consumo de pescado y de ácidos grasos omega-3 podrían ayudar a regular la inflamación. Esto se debe a que el omega-3 ayuda a producir moléculas que reducen la señal de inflamación y promueven la reparación de los tejidos, lo que ha generado el interés en saber si el omega-3 podría beneficiar a las personas que viven con AR (1).
Artritis Reumatoide: una batalla dentro de las articulaciones
La artritis reumatoide aparece cuando el sistema de defensa del cuerpo se confunde y comienza a atacar partes propias del cuerpo. En este caso, el campo de batalla son las articulaciones, por eso, quienes viven con esta enfermedad pueden despertar con dolor, rigidez, hinchazón o dificultad para hacer actividades tan cotidianas como abrir una botella, escribir, cocinar o sostener una taza. No se trata solo de dolor en los huesos; es una enfermedad inflamatoria que, si no se controla adecuadamente, puede dañar las articulaciones y afectar de forma importante la calidad de vida (1,3).
De la alarma a la reparación
Para entenderlo mejor, pensemos en la artritis reumatoide como una alarma dentro de las articulaciones, algunas señales del cuerpo avivan las llamas para defendernos, pero otras deberían ayudar a controlar el fuego y limpiar después del daño. El omega-3 no funciona como un extintor que apaga la artritis de inmediato, su papel se parece más al de un mediador, puede ayudar a que el cuerpo produzca menos señales que alimentan la inflamación y más señales que favorecen la resolución. Por eso, más que apagar la alarma por completo, el omega-3 podría ayudar a bajar el volumen de una respuesta que está demasiado encendida (1,2). En este contexto surge el interés por estrategias capaces de ayudar al cuerpo a regular esa inflamación persistente.
Omega-3: más que una grasa “saludable”
Los ácidos grasos poliinsaturados omega-3, han despertado gran interés por su capacidad en apoyar en la regulación de la inflamación y la activación de la “alarma”. Entre los omega-3, destacan el ácido eicosapentaenoico (EPA) y el ácido docosahexaenoico (DHA), grasas presentes principalmente en pescados como el atún, salmón o sardinas. Diversos estudios en personas que viven con AR han mostrado que el consumo de aceite de pescado puede disminuir la producción de sustancias que favorecen la inflamatorias, las cuales participan en el daño articular en AR (1,2).
Además, EPA y DHA podrían influir en el comportamiento de algunas células del sistema inmune, ayudando a evitar que la “alarma” permanezca activa por mucho tiempo. Sin embargo, los omega-3 no son “apagadores mágicos” de la inflamación ni sustituyen los tratamientos médicos. Más bien actúan como reguladores que podrían complementar a los tratamientos y ayudar a controlar las enfermedades inflamatorias como AR (2).
¿Tratamiento o apoyo?
Hay que decirlo con claridad: el omega-3 no cura la artritis reumatoide ni sustituye los medicamentos. Cuando se ha estudiado en personas con esta enfermedad, se han observado beneficios pequeños en aspectos como el dolor, el número de articulaciones afectadas y algunas señales de inflamación. Esto significa que puede ser interesante como apoyo, pero no como tratamiento principal. La artritis reumatoide necesita seguimiento médico y medicamentos capaces de controlar la enfermedad, evitar el daño articular y conservar la función de las articulaciones (Figura 1) (2,3).

Conclusiones: Una pieza más, no una cura milagrosa
El omega-3 no es el protagonista absoluto de la historia, pero sí puede ser una herramienta interesante dentro del juego. Su valor no está en prometer una cura, sino en ayudarnos a entender que la alarma de la inflamación no solo debe bloquearse, también debe resolverse. En ese camino, la alimentación, los medicamentos, la actividad física y el descanso forman parte de un escenario más completo. La ciencia nos recuerda, que no busca alimentos milagrosos, sino formas más humanas y mejor informadas de cuidar la salud (1,2).
Referencias
[1] Parolini C. The Role of Marine n-3 Polyunsaturated Fatty Acids in Inflammatory-Based Disease: The Case of Rheumatoid Arthritis. Mar Drugs. el 27 de diciembre de 2023;22(1):17. doi:10.3390/md22010017
[2] Kostoglou-Athanassiou I, Athanassiou L, Athanassiou P. The Effect of Omega-3 Fatty Acids on Rheumatoid Arthritis. Mediterr J Rheumatol. 2020;31(2):190. doi:10.31138/mjr.31.2.190
[3] Gkiouras K, Grammatikopoulou MG, Myrogiannis I, Papamitsou T, Rigopoulou EI, Sakkas LI, et al. Efficacy of n-3 fatty acid supplementation on rheumatoid arthritis’ disease activity indicators: a systematic review and meta-analysis of randomized placebo-controlled trials. Crit Rev Food Sci Nutr. el 2 de enero de 2024;64(1):16–30. doi:10.1080/10408398.2022.2104210



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