Autores
Alejandro Barrón Balderas
Hospital Civil de Guadalajara “Dr. Juan I. Menchaca”, Jalisco, México
Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara, Jalisco, México
Contacto: alejandro.barron9295@academicos.udg.mx
Verónica Montserrat Chávez Legaspi
Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara, Jalisco, México
María Enriqueta Núñez Núñez
Departamento de Alergia e Inmunología Clínica Pediátrica, Hospital Civil de Guadalajara “Dr. Juan I. Menchaca”, Jalisco, México
Si hoy en día, tienes un paciente con un ataque de asma, sacas un inhalador, le pones un espaciador si es niño pequeño, das un par de pufs y en quince minutos el silbido desaparece o por lo menos disminuye la sintomatología. Es tan rutinario que parece que siempre hubiera sido así. Pero no.
Hace setenta años, un niño con asma severo tenía opciones bastante limitadas y en algunos casos francamente peligrosas. La más común era un nebulizador de vidrio con un atomizador de goma, muy parecido a esos frascos de perfume antiguos que ves en las películas. Dentro se ponía el medicamento broncodilatador, que probablemente había que guardar en el refrigerador. La dosis no era uniforme, el aparato se rompía con facilidad y el proceso era engorroso. Eso sí, era un lujo comparado con la otra opción popular en los años cincuenta: el cigarrillo para el asma. Sí, leíste bien, fumar era un método aceptado para tratar el asma. La lógica detrás de esto era que fumar es una forma muy eficiente de introducir sustancias en los pulmones. Y como ese método funcionaba, se usaba para administrar sustancias como la atropina, que aún hoy se usa en algunos medicamentos respiratorios. En esa época los cigarrillos para el asma se anunciaban en revistas y la gente los compraba sin pensar que estaban metiendo humo y alquitrán en unos pulmones ya de por sí inflamados. De hecho no hay mejor manera de hacerle entender a un paciente cómo debe utilizar el inhalador de dosis medida que el ejemplo del fumador que da el golpe, ese que fuma cigarro, puro o marihuana. Así aprenden la coordinación entre la activación y la inhalación [1,2].
La historia del inhalador moderno no empieza en un laboratorio con batas blancas y gente seria. Empieza con una niña de trece años que estaba harta de no poder respirar bien y que tuvo una idea simple y brillante.
La pregunta de una niña que cambió la medicina
Susie Mason tenía asma grave. En los años cincuenta, ser una adolescente con asma significaba cargar con aparatos frágiles, depender de medicamentos incómodos y probablemente sentirse diferente a los demás. Un día, mientras veía a su madre usar laca para el pelo en un práctico bote de aerosol, Susie volvió a su padre y le hizo una pregunta que cualquier otro adulto habría ignorado: papá, ¿por qué no pueden poner mi medicina para el asma en un bote de aerosol, como hacen con la laca para el pelo?
La diferencia es que el padre de Susie no era cualquier padre. Se llamaba George Maison y era el presidente de Laboratorios Riker, una compañía farmacéutica adquirida por la corporación 3M en 1969. En lugar de decirle eso no funciona así, tomó la pregunta en serio. Comisionó a tres científicos para que investigaran si era posible crear un inhalador que funcionara con el mismo principio que un atomizador de laca [3].
Esa es la primera lección de esta historia. A veces las mejores ideas médicas no vienen de los médicos ni de los investigadores. Vienen de los pacientes. O de sus hijos (Figura 1).

Los tres científicos y los inhaladores explosivos
Los tres investigadores encargados del proyecto se llamaban Charlie Thiel, su hermano Tom Thiel y un químico llamado Walter Rothe. El objetivo era crear un dispositivo que llevara más cantidad de fármaco a los pulmones de forma más rápida y con una dosis uniforme. Para ello decidieron probar propelentes gaseosos potentes, similares a los que se usaban en los aerosoles domésticos.
Pero los primeros experimentos fueron un desastre. Los propelentes eran difíciles de manejar y de contener. En una de las pruebas, decidieron comprobar el sellado de unos doscientos inhaladores experimentales sumergiéndolos en una fuente de agua caliente. El resultado fue espectacular. Todos explotaron al mismo tiempo. Un chorro de agua y restos de dispositivos cubrió todo el techo del laboratorio. Por suerte nadie salió herido, pero el susto debió ser monumental.
El equipo siguió experimentando. En algún momento usaron robustas botellas de Coca Cola como contenedores de prueba. Y fue Charlie Thiel, el más joven del equipo, quien tuvo el hallazgo clave. El problema era que las partículas del medicamento se aglutinaban contra las paredes del envase y no se dispersaban bien. Thiel descubrió que si añadía un surfactante llamado trioleato de sorbitano, la fórmula se dispersaba perfectamente y generaba partículas lo bastante pequeñas para llegar a los pulmones. Ese hallazgo permitió que no hiciera falta añadir alcohol a la fórmula [1,2,3].
El proceso completo, desde la idea original hasta el producto terminado, tomó apenas un año. En 1956 nació el primer inhalador de dosis medida de la historia.
En realidad no fue el primer intento de inhalar medicinas
Aunque el invento de Susie Mason y los laboratorios Riker fue revolucionario, la idea de inhalar medicamentos para problemas respiratorios no era nueva. Los antiguos egipcios ya lo hacían hace unos 3500 años. En un papiro encontrado junto a una momia, que data de alrededor del año 1550 antes de Cristo, se describen tratamientos para problemas respiratorios que incluían inhalar los vapores de plantas quemadas. Una de esas plantas era la hierba loca, que contiene atropina, una sustancia que aún hoy se usa en algunos medicamentos para el asma y las secreciones respiratorias.
Lo que hicieron Thiel y sus compañeros fue modernizar una idea milenaria con la tecnología de mediados del siglo veinte. Le dieron al paciente un dispositivo portátil, fiable y fácil de usar. Y eso cambió todo [1,2].
El inhalador hoy en día y su impacto
Hoy el asma afecta a más de 300 millones de personas en el mundo. Es la enfermedad no contagiosa más común en los niños. El inhalador de dosis medida sigue siendo la columna vertebral del tratamiento, aunque ha tenido mejoras importantes. Una de las más relevantes es la aerocámara o espaciador, que aumenta la cantidad de fármaco que llega a los pulmones y reduce los depósitos en la boca y la garganta. Las guías actuales, como la Iniciativa Global para el Asma y las guías españolas e inglesas, recomiendan que el inhalador de dosis medida se use siempre con aerocámara en cualquier edad, no solo en niños pequeños. Esto se debe a que la aerocámara elimina la necesidad de coordinar la activación con la inhalación, aumenta la fracción de fármaco que alcanza las vías respiratorias pequeñas y disminuye los efectos secundarios locales como la candidiasis oral o la ronquera. Incluso en adultos y adolescentes, el uso de la aerocámara mejora la efectividad del tratamiento y reduce las visitas a urgencias por crisis asmática. También existen los inhaladores de polvo seco, que no requieren coordinación, pero todos ellos descienden de aquel primer dispositivo que Susie Mason imaginó un día mientras veía a su madre usar laca para el pelo [4].
Uno de los aspectos más sorprendentes de esta historia es que Charlie Thiel, el científico que hizo el descubrimiento clave, nunca buscó fama ni dinero con su invento. Lo que le importaba era el impacto en los pacientes. Su discípulo Stephen Stein cuenta que en una grabación que le hizo en sus últimos años, Thiel recordó un encuentro que lo emocionaba incluso décadas después. En 1995, ya siendo un hombre mayor, conoció a un médico australiano que también sufría de asma. Cuando el médico supo quién era Thiel, le dio un abrazo de oso y le dijo: Charlie, si no fuera por tu invento, yo estaría muerto. Thiel confesó que esa frase lo dejó completamente boquiabierto.
Conclusiones
La historia del inhalador de dosis medida es una de esas historias que deberíamos contar más seguido en la consulta y en la escuela. Nos recuerda varias cosas importantes. La primera es que los pacientes, incluso los más jóvenes, pueden tener ideas brillantes que cambian la medicina. Una niña de trece años con asma entendió mejor el problema que muchos adultos porque lo vivía en carne propia. La segunda es que los grandes avances suelen venir acompañados de fracasos espectaculares, como esos doscientos inhaladores que explotaron al mismo tiempo. La tercera es que lo que hoy nos parece obvio y rutinario, como un puff de salbutamol, fue en su momento una revolución que le ahorró a millones de personas tener que fumar cigarrillos medicados o cargar con frágiles nebulizadores de vidrio. La cuarta es que la técnica importa: no basta con tener el inhalador, hay que usarlo bien, y las guías actuales son claras en que la aerocámara debe acompañar al inhalador de dosis medida a cualquier edad.
Hoy, cuando veas a un niño pequeño usando su inhalador con espaciador y mascarilla, o a un adulto que se toma un par de puffs antes de hacer ejercicio, recuerda que todo empezó con una pregunta sencilla y una niña que se negó a aceptar que las cosas tenían que ser así porque siempre habían sido así. Susie Mason no se hizo famosa, pero su legado vive cada vez que alguien con asma respira mejor gracias a un inhalador y eso cambio la historia de la enfermedad.
Referencias
[1] Stein SW, Thiel CG. The history of the pressurized metered-dose inhaler. Pharmaceutical Technology. 2016;40(8):44-49.
[2] Sanders M. The history of the metered-dose inhaler. Journal of Aerosol Medicine and Pulmonary Drug Delivery. 2017;30(3):137-145.
[3] BBC News Mundo. La niña a la que le debemos el inhalador para el asma, el invento que revolucionó el tratamiento de esta enfermedad. 30 agosto 2020.
[4] Global Initiative for Asthma (GINA). Global Strategy for Asthma Management and Prevention [Internet]. 2024 [citado 25 abril 2026]. Disponible en: https://ginasthma.org/gina-reports/



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